Un mundo sin rayos

La casa de Rulo podría confundirse desde lejos con cualquier casa típica en esa vasta geografía conurbana bonaerense. De ladrillos, pintada y algo descascarada, con un pequeño jardín delante, de un solo piso pero pensada por su. padre para seguir construyendo arriba, proyecto emprendido y abandonado por sucesivas peripecias económicas nacionales. Por la vereda, que nunca está del todo arreglada, pero con la ventaja del día para evitar baldosas traicioneras, venía arrastrando los pies Parca, primero vecina, luego casi amiga y siempre desbordada. Se detiene como dudando estar en el lugar correcto, y finalmente toca un timbre de esos que hacen pensar si las zapatillas puestas serán un buen aislante para la probable patada.

Además del dueño de casa estaba el Flaco, que se las arreglaba para llegar desde la Capital en cualquier momento, lo que siempre generaba dudas sobre sus tan mentadas ocupaciones.

– Disculpame otra vez vecino, pero viste que empecé a cocinar para afuera, y justo se me rompe la batidora eléctrica. ¿Tendrás alguna para prestarme? La mala suerte me persigue, me pregunto qué habrè hecho para que me pasen siempre estas cosas.

– Tomà Parca -el rulo no estaba muy seguro que le gustara que la llamen así, pero no conocía su verdadero nombre-, no sé si funcionará, la compró mi madre unos meses antes de fallecer.

– ¡Gracias Rulito! – con una inusitada confianza, lo abrazó Parca – al menos puedo decir que cuento con buenas personas. Y luego de un breve lapso, mientras Rulo y el Flaco ya estaban dudando si habìa entrado en algún trance o algo asì, y repasando mentalmente sustancias involucradas, finalmente hablò Parca, como una sentencia – estoy casi segura que esta mala racha empezò cuando rompì ese espejo, a oscuras y desconociendo mi propio cuarto.

– Esas son todas pavadas, no le des poder sobre vos, atrayendo ideas negativas – se vio de pronto hablando el Flaco, inesperadamente vièndose como un manual de autoayuda.

– ¡Seguro! Y siempre pensá querida que eso es contrafáctico, reforzó Rulo.

– Nunca podrás saber si tu suerte sería distinta de no haber roto ese espejo. Nunca se puede saber exactamente cómo serían los acontecimientos futuros de un hecho no realizado – disparó el Flaco, convencido que esos estudios universitarios, emprendidos y abandonados, lo ponía en algún escalón superior.

– Bueno, ahí no estoy tan convencido. Y hace un tiempo estoy dándole vueltas a una idea: Este mundo sería un lugar mucho mejor con tan sólo la ausencia de un fenómeno físico… una humanidad más justa, hermanada, en paz… – A la par que hablaba Rulo movía sus brazos queriendo acompañar las palabras.

El Flaco y Parca, sentados a la mesa y con el eterno mantel plàstico de mudo testigo, una vez más eran tomados por sorpresa. No sabían cómo digerir esas palabras. Y como ya era habitual en esos casos, el silencio les pareció lo màs oportuno, o por lo menos lo màs còmodo: Sabìan que ya se venìa la explicaciòn, sin que nadie la pidiera…

– Les voy a plantear la cuestión, aunque màs que planteo, ya estoy convencido… la humanidad pasó por muchos males, terribles y recurrentes, los que seguramente seguirán pasando: guerras, pestes, hambrunas, sequìas e inundaciones… muchos males son naturales digamos y otros los que el hombre activamente provoca. Pero creo que el mayor enemigo de la humanidad está ahí, conocido por todos y subestimado en su poder de daño, y es simplemente el rayo. ¿Què miran, estàn sorprendidos? Eso es porque Uds. piensan el daño del rayo como algo claramente tangible: Las muertes, los incendios, anticipos de posibles tempestades… pero nada de eso, no sean tan obvios – casi con reproche ahora Rulo, a sus enmudecidos visitantes, justo cuando le sonó el celular avisando que en  unos minutos recibiría un pedido en su hogar.

– Seré breve, porque no tengo mucho tiempo -fanfarroneaba ahora- así que lo resumiré lo más posible, aunque esto daría para un tratado completo:

El asunto es que el hombre primitivo ve los rayos, les teme… se da cuenta de su fragilidad, ve nítidamente que está a merced de algo superior, de las tantas cosas que no controla. Los juzga impredecibles y les busca significado. Llega a la conclusión que es la ira del dios, de los dioses, y ahí siente ese poder y presencia como en ninguna otra. Quiere negociar con ese que es más fuerte: para aplacar esa ira brinda sacrificios, plegarias, cantos y realiza ofrendas. Luego cree que hace un pacto con esa fuerza superior, que le responde y entonces ese pueblo se siente más seguro, más poderoso. Luego agrega rituales y más ofrendas, epopeyas y más ofrendas… al final esa relación se convierte más que en un pacto, ya una forma de vida, una cultura… y ese pueblo mira con malos ojos a sus vecinos, que ya no solo lo separa su disputa por alimento y bienestar: los separa cómo resolvieron sus temores con esas dioses y disputan el favor de ellos… y después todo lo que es más conocido y se montó sobre esto en miles de años, separando culturas, pueblos y hasta hermanos, no voy a entrar en detalles que cualquiera conoce. Pero entonces lo que digo es que si toda las benditas lluvias fueran pacíficas y la atmósfera nunca provocaría esas descargas eléctricas, la humanidad no se hubiera dividido y los pueblos serían hermanos, bueno, es demasiado simplificado, pero por ahí en otra ocasión lo hablamos – como quitando importancia Rulo a semejante argumentación.

– Y ahora disculpen, no es que los esté echando pero me están por llegar unas revistas usadas de historietas que hace rato las estaba esperando.

El Flaco y Parca se vieron en la vereda casi sin darse cuenta, y en ese momento incómodo de compartir una caminata, aunque sea por unos pocos metros.

– Lo que más me molesta no es que sea tan soberbio, sino que juegue a hacerse el superado, como que esas revistas insignificantes eran más importantes que lo que decía – comentó Parca.

– Ya me está cansando este pelotudo – dijo el Flaco para disimular su perplejidad y hasta casi su admiración por Rulo – además omitió algo muy importante: Sin rayos no se habría generado la chispa de la vida hace millones de años.

Ya se despedían. El Flaco se fue convencido que ese último argumento se lo iba a gritar fuerte la próxima vez que lo vea, aunque con Rulo nunca estaba seguro si le iba a servir de algo.  

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