Rulo y los pelados

El Flaco tardó un rato en darse cuenta lo que notaba distinto en Rulo: La cabeza totalmente lisa y brillante se dejaba ver, sin el habitual acompañamiento de gorra, sombrero o pañuelo de la vasta colección de su amigo. 

– ¿Se puede saber qué mirás? – dijo Rulo, presintiendo algo.

– A tu cabeza. Nunca mostrás la pelada. Pensar que yo te conocí cuando tenías el pelo de cualquier cantante de rock que se precie,… sólo el pelo igual, porque ni talento ni plata, jaja…

– Sí, hacete el gracioso. No sos más que otro de los especímenes de nuestro bendito planeta que nos siguen discriminando y estigmatizando…

– Eh, pará… qué decís?

– Eso, que ya en pleno siglo XXI, seguimos siendo nosotros, los pelados, la minoría desprotegida. La que no se nos cuida ni existe ley que nos ampare.

– Pará Rulo, ¿qué tomaste hoy? Ahora te vas a victimizar porque te quedaste sin pelo, como tantos, al filo de los 40. 

– Nada de victimizarme, es la verdad y  te lo voy a demostrar. Actualmente se enseña, y está bien, a no discriminar por raza, sexo, capacidades, elecciones sexuales y qué se yo cuánto más. Movimientos en todo el mundo, redes sociales, juzgados, federaciones deportivas y las instituciones que se te ocurran actúan para proteger y denunciar hechos discriminatorios. ¿Ahora vos viste alguna institución que proteja a los pelados? ¿O acaso no es una enfermedad? Siempre el pelado es eso para los demás… un pelado. No importa si es premio Nobel de Medicina, el tenista primero en el ranking o el mejor pianista del planeta… ya está, es un pelado. Además los pelados estamos casi obligados a destacarnos, justamente para que no seamos solamente “el pelado”. En vano nos vestimos estrafalaria o elegantemente, hacemos maravillas o estupideces… siempre se antepone la cualidad de pelado a cualquier otro adjetivo. 

– No sólo eso, sino que además de esos esfuerzos – continuaba Rulo – tenemos que convivir con pelados “voluntarios” que por pertenecer a un credo o grupo cualquiera les parece bonito raparse la cabeza para distinguirse… y eso no hace más que levantar la vara a los pobres pelados sueltos que la remamos día a día para destacarnos en algo.

A esta altura de los argumentos de Rulo, el Flaco ya empezaba a disminuir en empatía tanto como  a aumentar sus ganas de pararse e irse de la casa de su amigo…

– Me parece que estás exagerando bastante – atinó el flaco, para no quedarse callado, ya molesto.

– No Flaco, qué carajo voy a estar exagerando… Esta es una sociedad de mierda, que querés que te diga. Y ya sé que no será políticamente correcto, pero te digo que al menos un gordo tuvo su instante de placer en degustar su comida cuyas calorías luego quiere desaparecer, pero y los pelados… ¿Qué placer sentimos en que se nos caigan los pocos pelos que tenemos?

– ¿Pero y qué carajo sabés si disfrutan ese placer o es sólo una compulsión que los llena de culpa? – estalló el Flaco, ya levantándose como un resorte y queriendo escaparse de la charla. 

– Ahh… te toqué el lado correcto? Cierto que sos un gentleman… sin un peso en los bolsillos, pero gentleman al fin – pegó Rulo, donde sabía que más le dolía al Flaco.

– Y sabés qué? – continuó Rulo casi persiguiendo al flaco en su salida hacia la calle – además tenemos que lidiar con los pelados “reversibles”, sí, esos que para hacerse los cool se afeitan la cabeza un tiempo, sabiendo que cuando se aburran van a poder disfrutar nuevamente de una abundante cabellera… son como los hipócritas que hacen huelga de hambre por una causa cuando hay millones que conviven con el hambre obligados! – terminó casi gritando al Flaco, que estaba pisando la vereda. Un sonoro portazo de Rulo fue el cierre al inesperado monólogo. 

Mientras caminaba tratando de encender un cigarrillo y evitando los charcos que regó una lluvia repentina, un pensamiento irrumpió, o más bien iluminó la mente del Flaco: “Rulo, el reivindicador insolente”.

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