– Ya no soporto a los que repiten como un mantra que todo lo que somos es debido a lo que nos ocurrió en nuestra infancia, que Freud ésto, que Fred lo otro – redondeó Rulo antes de pararse a arreglar el mate.
Estaban conversando en su casa, con el Flaco y Parca, en una de esas tardecitas de verano que son como el renacer luego de un aire de infierno.
El tema de conversación había ido cambiando, desde recuerdos triviales y anécdotas dudosas a hechos que podrían marcar una vida. Pero ese ambiente afable terminó con la sentencia Rulo, que gustaba de esos cortes abruptos con cierta violencia dirigida.
– Que no lo soportes no significa que no sea cierto – refutó el Flaco, embanderado y defensor de la patria de la infancia.
– Lo que digo es que no todo es por culpa de la infancia, che. Al fin y al cabo cada ser trae su impronta al mundo.
– Me acaba de venir un recuerdo de mi infancia, de algo positivo que mi madre conscientemente hacía conmigo – arrancó el Flaco, ignorando las palabras de su amigo. Y como pasaron unos segundos sin que nadie preguntara, lo tomó como una invitación a continuar.
– Recuerdo mi mamá leyéndome a la noche antes de dormir. Como se nos terminaban los libros de cuentos tomaba al azar otros de la surtida biblioteca que tenía. Y como se imaginarán, no todos tenían contenidos para chicos y entonces ella empezaba a improvisar un texto, reemplazando las partes que le parecía que no debía escuchar un niño. Ella creía que no me daba cuenta, pero era imposible no percatarse de la inflexión de la voz, la velocidad de lectura y de lo infantil que era inventando – terminó el Flaco, con una mueca que fue tornándose en una sonrisa melancólica.
– ¿Y a vos te parece algo bueno eso?
– Por supuesto Rulo, no me digas que te parece mal.
– ¡Claro que sí! Mejor que hubiera repetido los cuentos infantiles o inventado uno completamente nuevo, antes que faltarle el respeto a esos autores y especialmente a vos, subestimándote así. Además, a todas luces equivocada, porque bien que te dabas lo que hacía.
– Vos siempre viendo el lado malo de todo… o mejor dicho, siempre viendo el lado provocador de las cosas – acusó Parca, un poco de memoria, algo distraída en sus propios pensamientos.
– Además estás condenando a mi pobre madre que sólo quería protegerme quién sabe de qué historias. Probablemente tristes, retorcidas, morbosas y seguro terribles.
Aquí Rulo pareció considerar los argumentos. Se ausentó por algunos minutos, que en realidad bien podría ser que se tratara de una visita al baño. A su regreso la expresión de su cara era más serena, como el que sabe que tiene un as bajo la manga.
– Quizás tu vieja era una adelantada después de todo. Hace unos días escuché hablar de “PUT@ el que lee”, un software de inteligencia artificial: Perfect Utopic Transmuter of Offenses. Parece que es como tu mami, pero más completo e imaginativo: Originalmente creado para leer textos reemplazando palabras ofensivas, luego fue incorporando la capacidad de hacerlo con frases completas y por último con oraciones y párrafos, de forma “inteligente”. Es decir que vos pensás que estás escuchando “Crimen y Castigo” y terminás topándote con una versión deformada de “Los Miserables”. Después parece que le fueron agregando opciones, como niveles de protección: primero para chicos, luego adolescentes y ahora parece que también para abogados, lo cual me parece un claro acto de discriminación.
Rulo se toma una pausa, que considera necesaria para asimilación, y continúa.
– Y parece que está por salir una versión más avanzada, que sería “PUT@ el que reproduce” y funcionaría como un filtro que no sólo borronea partes impúdicas o violentas en la reproducción de video en una red social por ejemplo, sino que sería capaz de realizarlo sobre la misma filmación que estás realizando en el momento. Según una teoría conspirativa, la aplicación estaría preparada también para reemplazar convenientemente sexos de las personas, colores de piel y ojos, tonos de voz, edades y hasta paisajes de barrios miserables y recitales de heavy metal.
El Flaco pensó que Rulo otra vez lo había hecho: irrumpía con una novedad casi con displicencia y terminaba descolocando al interlocutor.
– Eso lo estás inventando Rulo, ya te conocemos bien – arriesgó Parca, apostando al ninguneo.
– Quizás sí lo inventé, pero no significa que no exista o que no se esté desarrollando algo así por estos momentos.
– Lo importante era comparar a mi vieja con una estúpida máquina, sólo que en una versión bien limitada. Ahora soy yo el que no te soporto Rulo. El Flaco se calzó la zapatillas lo más rápido que pudo, se felicitó por no haberse puesto medias ese día, y luego salió a la tibieza del anochecer en ese barrio del sur.